Las tormentas eléctricas forman parte del clima habitual en muchas regiones de la sierra del Perú. Durante la temporada de lluvias, entre noviembre y marzo, la combinación de humedad, altitud y cambios térmicos favorece la formación de nubes de tormenta capaces de generar intensas descargas eléctricas.
Sin embargo, cuando un rayo impacta cerca de personas o infraestructuras, el fenómeno natural se convierte en una tragedia, por falta de protección contra tormentas eléctricas. Hace pocos días, una tormenta eléctrica en el sector Huamaniya, en el centro poblado de Campanayocc, provincia de Andahuaylas (Apurímac), dejó un saldo doloroso: dos personas fallecidas —entre ellas un niño de tres años— y tres mujeres heridas que tuvieron que ser trasladadas al hospital subregional de la provincia. (*noticia del 5 de Marzo del 2026)
Más allá del impacto inmediato de la noticia, este hecho vuelve a poner en evidencia una realidad que muchas veces pasa desapercibida: la protección contra tormentas eléctricas sigue siendo una asignatura pendiente en numerosas comunidades rurales del país.
Un fenómeno natural frecuente en los Andes
Las tormentas eléctricas no son eventos excepcionales en la geografía peruana. En las regiones altoandinas es común que, durante la temporada de lluvias, se desarrollen tormentas convectivas en horas de la tarde. Estas pueden incluir precipitaciones intensas, granizo, fuertes ráfagas de viento y descargas eléctricas.
La altitud de los Andes, sumada a la humedad proveniente de la Amazonía y al calentamiento del suelo durante el día, genera condiciones ideales para la formación de este tipo de fenómenos atmosféricos.
Por esta razón, regiones como Apurímac, Cusco, Puno, Ayacucho o Huancavelica experimentan con cierta frecuencia descargas eléctricas durante la temporada de lluvias. Para las poblaciones que viven o trabajan en zonas rurales, este fenómeno representa un riesgo real que muchas veces no cuenta con medidas de prevención adecuadas para la protección contra tormentas eléctricas.
El riesgo de rayos en zonas rurales
El riesgo de rayos en zonas rurales suele ser mayor que en entornos urbanos. Muchas de las actividades económicas en los Andes —como la agricultura o la ganadería— se desarrollan al aire libre y lejos de infraestructuras que puedan ofrecer protección inmediata.
En estas circunstancias, las personas pueden quedar expuestas a descargas eléctricas cuando una tormenta se forma repentinamente.
Además, en muchas comunidades rurales no existen refugios adecuados ni infraestructura diseñada específicamente para la seguridad ante tormentas eléctricas. Esto incrementa la vulnerabilidad frente a un fenómeno que, aunque natural, puede tener consecuencias graves.
Por ello, la prevención de rayos se convierte en un aspecto fundamental dentro de las estrategias de gestión del riesgo climático.
Perú y las muertes por rayos: un problema mayor que el promedio regional
Aunque muchas veces se perciben como accidentes aislados, los impactos de rayos representan un problema recurrente en varios países de América Latina. Diversos estudios sobre descargas atmosféricas en la región —como los análisis realizados por el Grupo de Electricidad Atmosférica (ELAT)— muestran que algunos países registran niveles significativamente más altos de mortalidad por rayos que otros.
Entre ellos se encuentra Perú, que aparece de forma recurrente entre los países latinoamericanos con mayor número de víctimas por impacto de rayos en términos absolutos.
Los estudios regionales estiman que en el país pueden registrarse alrededor de 60 a 70 muertes anuales por descargas eléctricas, una cifra elevada si se compara con otras naciones de la región con poblaciones similares.
Cuando se analiza el indicador de muertes por millón de habitantes, utilizado para comparar riesgos entre países, el panorama también resulta preocupante:
| Región o país Muertes por rayos por millón de habitantes | |
| Promedio de América Latina | ≈ 1.7 |
| Perú | ≈ 2.3 |
Esto significa que la tasa peruana se sitúa por encima del promedio regional, reflejando una mayor exposición al fenómeno. Las razones son múltiples. Por un lado, el país cuenta con una geografía donde la cordillera de los Andes favorece la formación de tormentas eléctricas durante la temporada de lluvias. Por otro, una parte importante de la población en estas regiones desarrolla actividades económicas en espacios abiertos, lo que incrementa la exposición a descargas eléctricas.
A esto se suma un factor adicional: en muchas comunidades rurales la infraestructura de protección contra tormentas eléctricas (descargas atmosféricas) y los sistemas de alerta temprana aún son limitados, lo que reduce la capacidad de anticipar o mitigar este tipo de eventos.
En este contexto, fortalecer la protección contra tormentas eléctricas —mediante educación preventiva, monitoreo meteorológico y tecnologías como sistemas de alerta y protección— se vuelve un elemento clave para reducir riesgos y evitar que tragedias como la ocurrida recientemente en Andahuaylas vuelvan a repetirse.
La importancia de los sistemas de alerta de tormenta
En diversas partes del mundo, especialmente en sectores industriales o en infraestructuras críticas como aeropuertos, puertos y operaciones mineras, se utilizan sistemas de alerta de tormenta para anticipar la presencia de descargas eléctricas.
Estos sistemas permiten identificar la formación de tormentas en un área determinada y emitir advertencias antes de que las descargas eléctricas ocurran cerca de las personas.
Dentro de estas tecnologías se encuentran los detectores de tormentas eléctricas y los sistemas de detección de rayos, que monitorean la actividad eléctrica atmosférica y alertan sobre la proximidad de una tormenta.
Gracias a este tipo de herramientas es posible tomar decisiones preventivas, como suspender actividades al aire libre o trasladar a las personas a zonas seguras antes de que el riesgo sea crítico.
Infraestructura de protección contra descargas atmosféricas
Además de los sistemas de alerta temprana, otra medida clave para reducir riesgos es la instalación de sistemas de protección contra descargas atmosféricas en infraestructuras sensibles.
Entre estas soluciones se encuentran los pararrayos, dispositivos diseñados para interceptar descargas eléctricas y conducir la energía del rayo de forma segura hacia el suelo mediante sistemas de puesta a tierra.
Este tipo de protección suele instalarse en edificios públicos, centros educativos, instalaciones industriales, hospitales o infraestructuras estratégicas.
Cuando se combinan pararrayos, sistemas de puesta a tierra y sistemas de detección de tormentas, es posible reducir significativamente los riesgos asociados a las descargas eléctricas.
Prevención y educación frente a tormentas eléctricas
La tecnología es solo una parte de la solución. La seguridad ante tormentas eléctricas también depende de la información y la educación de la población.
Entre las medidas básicas de prevención se encuentran:
- evitar permanecer en campo abierto durante tormentas
- alejarse de árboles aislados o estructuras metálicas
- buscar refugio en edificaciones seguras
- suspender actividades al aire libre cuando se aproxima una tormenta.
La difusión de estas recomendaciones puede contribuir a reducir accidentes y salvar vidas, especialmente en comunidades donde las tormentas eléctricas forman parte del clima habitual.
Una reflexión necesaria
Las tormentas eléctricas son fenómenos naturales inevitables. Sin embargo, sus consecuencias pueden mitigarse mediante planificación, prevención y el uso de tecnologías adecuadas.
La reciente tragedia ocurrida en Andahuaylas invita a reflexionar sobre la importancia de fortalecer las estrategias de protección contra tormentas eléctricas, especialmente en las regiones donde este fenómeno ocurre con mayor frecuencia.
Invertir en sistemas de alerta, infraestructura de protección y educación preventiva no solo reduce riesgos, sino que también contribuye a construir comunidades más seguras frente a los desafíos del entorno natural.
En un país con una geografía tan diversa como el Perú, avanzar en este tipo de medidas puede marcar la diferencia entre un fenómeno climático y una tragedia evitable.








